Por más de dos siglos el público norteamericano consideró a la Presidencia de su nación como un solio de referencia en la sociedad democrática. Teddy Roosevelt definió al cargo como una “tribuna portentosa” –donde se podía promover una agenda, moldear opinión pública e influir en la formación de políticas.
El aura de credibilidad y hasta reverencia que la población general de este país tradicionalmente sentía hacia el cargo y sus ocupantes –incluso el respeto de anteriores mandatarios hacia la posición que ocupaban– se mantuvieron a través de todas las épocas y pasiones políticas de cada momento.
Todo ello a pesar de que ni un solo mandatario en todo el desfile de personalidades que ha ocupado la Casa Blanca -estuvo exento de pecados y defectos personales, algunos más graves que otros- como lo confirma la historiografía moderna.
¿Qué está pasando ahora?
La tecnología moderna ha abierto por completo una caja de Pandora de comunicación masiva, instantánea y omnipresente. El orden de la ventajosa relación de liderazgo ejemplarizante que Teddy Roosevelt cultivó con los medios de su tiempo se ha revertido.
Ahora son medios universales, interactuantes, vertiginosos, sensacionalistas y superficiales los que dominan la opinión pública.
Y aplica el viejo aforismo de que «no hay héroe para su ayuda de cámara«, atribuido a Napoleón Bonaparte: Es prácticamente imposible ver a una persona como superior, majestuosa o heroica mientras se presencian los detalles triviales de su vida, las debilidades, intimidades o defectos cotidianos, sus momentos más vulnerables, vulgares o mundanos.
Ahora el público y los medios se han convertido en aquel “valet” personal que todo lo ve, lo escudriña, y además lo pregona en vivo y en directo a los cuatro vientos. Y como reza el antiguo refrán castellano: “el exceso de confianza da asco”.
Los informativos ahora no sólo informan: Opinan, “explican”, y aún orientan qué es lo que uno debe pensar. Parece imposible controlar eficazmente el permanente diluvio de información y desinformación a que se ve sometido el público planetario.
La situación se rebaja aún más cuando son los propios personajes públicos quienes abandonan su función ejemplarizante y siguen el mínimo común denominador en su conducta y lenguaje.
La solución está en manos de verdaderos líderes –o aspirantes a serlo– que necesitarán controlar mejor sus conductas, palabras e impulsos– y recordar el viejo refrán anglosajón que aconseja: “Jamás entables una lucha con cochinos en el fango: Tú te embarras y a la piara le encanta”
___________________________________________________________________________________________________ Antonio A. Herrera-Vaillant es un empresario, escritor, periodista e historiador cubano-venezolano. Autor de varios libros de investigación histórica, entre ellos Bolívar Empresario y Gobernantes y Obispos de la Venezuela española, ha combinado una destacada trayectoria en el mundo de los negocios con una sólida producción intelectual.


